Todo en este viaje estaba calculado para ir
de menos a más, o mejor de bueno a muy bueno, los hoteles cada vez mejores, los
paisajes y pueblos cada vez más bonitos, así que el tiempo se quiso sumar
empezando por lluvias y oscuridades para ir mejorando y terminar en una traca
final de sol y cielo azul. Así pues hoy tocaba un tiempo de nubes y claros, un
pueblo final de maravilla (Monsanto), y una bonita casa rural portuguesa, pero
tuvimos además una sorpresa final totalmente inesperada, que luego contaré.
La salida de Sabugal como siempre bajando
hacia el río por delante del monumental castillo en la loma, muchos enemigos
debía de tener esta gente y siempre venían del mismo lado, de España. Primeros
kilómetros por grandes pinares con pistas anchas de buen firme y pasamos la
Aldea de Santo Antonio. Después por despoblados fantasmales (“Terreiro das
Bruxas”, se llamaba el lugar), y al fin por una subida muy dura hasta lo alto
de la montaña. Desde allí ya es todo bajada viendo delante las murallas y el
castillo de Sortelha.
Por el camino viene un rebaño de cabras con
su pastor en un Opel Corsa, ¡menudo vago!. Nos dice que los perros que trae
muerden, que nos apartemos a un lado del camino. Así lo hacemos pero nos
llevamos la impresión de que es una excusa para que no le desorganicemos el
rebaño, bueno, tenemos claro que deben primar las actividades locales sobre las
ciclísticas, y si este listillo se ha llevado la alegría de engañar a unos
tontos españoles pues mejor.
Al rato bajada hasta el embalse de Meimao,
extenso y muy ramificado, que nos obliga a pasar hora y media ciclando por las
pistas de las márgenes hasta rodearlo y poder cruzar sobre la presa. No es mal
paisaje, pero de nuevo tenemos la sensación de ir dando vueltas sin avanzar
claramente hacia el objetivo.
A eso de las tres, muy tarde para los
estómagos portugueses, llegamos a otro pueblo de nombre parecido, Meimoa, y
contra todo pronóstico encontramos un restaurante abierto donde nos dan una
fantástica comida por el ridículo precio de 7€. Cinco platos de sopa de pescado
por barba, dos de bacalhau (dourado esta vez), postres de cocina, cafés y
muchas cervezas nos matan finalmente el gusano de la tripa. El restaurante está
lleno de gente del propio pueblo, no me extraña, yo tampoco cocinaría si
tuviera cerca un chollo como este.
Salimos de nuevo a los caminos arrastrando el
tripón, pero la ruta es tan bonita que pronto empezamos a disfrutar de nuevo,
prados de vacas, grandes extensiones de unas flores amarillas que no conocemos
pero que huelen muy bien, más dehesas de
alcornoques, subidas y bajadas, y también nuevos vadeos. Pasamos Penamacor y
Aldea do Bispo y aprovechamos una gasolinera para dar un manguerazo a las bicis
que ya van sonando a carraca con tanto barro acumulado, arreglamos algún
pinchazo, y ya entre unas cosas y otras avistamos a lo lejos un cerro de
bolones de granito y arriba Monsanto, nuestra meta de hoy.
Monsanto está en lo alto, pero mucho, tenemos
aquí el último sufrimiento pero ya se hace con muchas ganas. Preguntamos a las
señoras del pueblo dónde está el hotel “Casa do Chafariz”, pero ellas solo nos
entienden la última palabra, chafariz significa “caño”, así que nos mandan
repetidamente a la fuente del pueblo. Al fin entramos en el casco medieval y en
lo alto está el hotelito, con la puerta cerrada. Llamada a la Senhora Celeste
que es la encargada, y se planta allí en un momento y nos abre la casa que es
espectacular, con un patio empedrado y grandes habitaciones alrededor, algunas
con la pared del propio piedrón de granito.
Cómo llegaremos de barro y mojadura que la
señora se ofrece amablemente a lavarnos y secarnos la ropa gratis, lo
agradecemos y llenamos tres bolsones de ropa embarrada, qué bueno, esto es como
cuando de pequeño llegabas del fútbol y dejabas todo tirado por el suelo del baño
y milagrosamente al dia siguiente aparecía todo lavado y planchado sobre la
cama. Manguerazo a las bicis, duchazo a nuestras personas, y salida por Monsanto
a buscar un sitio para el “yantar” (la cena), estamos fuera de temporada y todo
parece cerrado. Después de vagar por el pueblo llegamos al único sitio abierto,
“A Taverna Lusitana”, un bar pequeñito donde nos ofrecen unas tablas de quesos
y “enchidos” y unas cervezas, nos vale, aquí haremos la cena.
Y en ese momento ocurre algo inesperado que
se convierte en una de esas experiencias que recordarás toda la vida. Empieza a
entrar gente con fundas de instrumentos musicales, se sientan, se piden un
hidromiel y se ponen a darnos una jam session de música tradicional en directo
increíble. Hay un escocés que toca el banjo y la guitarra hawaiana (steel
guitar), un portugués y un inglés con guitarras, y una checa con violín que
parece recién salida de un conservatorio ruso. Tocan como los ángeles música
celta, clásicos de Pete Seager, Beatles, de todo. Al rato el ruido atrae a un
polaco jovencito que ve la oportunidad de beber gratis y vuelve con un pandero,
pero este tocaba bastante peor. Nos cuentan que pasan el invierno en Monsanto,
se han conocido allí y han formado este grupo desinteresado, no cobran por
tocar, lo hacen por el disfrute y porque les gusta la música. Esta gente
bohemia a mí siempre me alucina. Les pagamos una ronda y eso es todo, al cabo
de casi tres horas de concierto nos retiramos al hotel. Estas cosas inesperadas
que te ocurren en la bici le dan mucho encanto al tema, me recordó aquella vez
que Nico y yo nos encontramos en el pinar de El Hornillo a un tío con un violín
que nos dio una serenata solo por el gusto de hacerlo.
Aquí se acaba el largo y emocionante día, 87
kms y algo más de 1.400 mts de ascensión, nos quedamos durmiendo como reyes en
nuestros camones entre las bolas de granito, mañana amanecerá otro dia de
ciclismo, eso sí, con la ropa seca y planchada.












